Escobar señala que «El camino que no debemos recorrer, es el de la violencia, el terrorismo, el secuestro, la extorsión»
El arquitecto, conferenciante y escritor, explicó que tuvo que exiliarse a los 16 años y que tras un periplo de negativas -incluso del Vaticano- terminó afincando su hogar en Argentina. Tuvo que cambiar de identidad, y lo llamaron Sebastián Marroquín Santos. No obstante sostiene que “lo que define nuestra verdadera identidad son nuestras acciones, no lo que dice un documento porque sólo es un papel que se puede cambiar”.
Su cambio de identidad respondió a la necesidad de tener un lugar donde vivir porque a la muerte de su progenitor, en 1993, ante una insistencia periodística , afirmó que mataría a los asesinos de su padre. Fue el gran error de su vida, porque entonces se convirtió en diana de todos los enemigos de su padre, incluida la policía y los miembros de otros cárteles colombianos de la droga que pensaban que éste podría continuar con el legado criminal de su padre y convertirse en otro Pablo Escobar.
“La peor decisión de mi vida fue responder con violencia por la muerte de mi padre”, afirmó. “Nuestras palabras y declaraciones tienen el poder de transformar nuestras vidas. Debemos aprender y pensar antes de hablar, porque en realidad somos lo que decimos y lo que hacemos”, sentenció.
Juan Pablo Escobar contó que el asentamiento de su familia en Medellín se produjo durante los desplazamientos humanos que vivió Colombia durante la etapa sangrienta de la violencia política entre liberales y conservadores que, literalmente, cortaba cabezas con machetes entre oponentes. Su padre “no pensó que pasaría con su vida por sus malas decisiones. Pensó que había descubierto la fórmula secreta del éxito. ¿Pero qué es el éxito? Para mi es poder disfrutar de la vida a lo largo del tiempo. Mi papá no disfrutó prácticamente nada de su vida. Yo tengo hoy 49 años. Mi padre murió con 44, aunque siga vivo porque hay medios que rentabilizan la glorificación de su actividad criminal”.
Escobar subrayó que su padre que dirigió la organización criminal más poderosa del siglo pasado, que controlaba la distribución del 80% de todas las drogas del planeta, nunca estaba presente, sólo estaba para las fotos, porque temía por la policía, por un atentado… Es en esa vida donde conozco al padre y al bandido”, cuenta Juan Pablo Escobar.
Denuncia Juan Pablo Escobar que las series de televisión han tratado con enorme irresponsabilidad el tema de su padre, “porque pintan una vida de lujo y de poder. Él siempre quería pensar que podía estar un paso por delante de la autoridad y que siempre iba a triunfar pero no medía las consecuencias de sus acciones y sus decisiones. Mi padre nos mostró el camino que no debemos recorrer”, afirma.

«El camino que no debemos recorrer, es el de la violencia, el terrorismo, el secuestro, la extorsión»
Escobar Henao recuerda que “todo el mundo veía a mi papá como un hombre rico, pero yo no, porque con esa búsqueda pasamos hambre y miedo. En los escondrijos de mi padre se apagaban las luces, se corrían las cortinas, no se prendía el televisor, no se tiraba de la cadena de la cisterna… llegamos a comer una sopa putrefacta recalentada para matar los gérmenes. No teníamos libertad siquiera para cruzar el umbral de la puerta para ver el sol y cruzar la calle para comprar una botella de agua. Eso pasac uando no respetamos los valores y los derechos en la vida de los demás”.
Juan Pablo Escobar contó que en Colombia estaban acostumbrados a solucionar las cosas a balazos hasta que decidió dar el paso de escribir una carta donde pidió perdón a los hijos y familiares de las más de 150 familias directas víctimas de su padre, y también reunirse con los cárteles enemigos de su padre aceptando que nunca utilizaría ni un sólo centavo del dinero de aquél, como garantía de vida para su familia (su madre y su hermana) y su propia vida.
Fue a partir de entonces cuando en Colombia comenzó a utilizarse el término ‘reconciliación’, denuncia la inconsciencia comercial que se ha establecido en torno a la figura de su padre, como los tatuajes de su cara, la fabricación de vodka, cerveza, tazas, fundas para teléfonos móviles, ropa, cuchillos, zapatillas, camisetas, ropa de cama,cucharas… todo tipo de productos que llegan a reportar más de 2.500 millones de dólares después de muerto. “Se trata de una narcocultura que minimiza peligrosamente a las víctimas y el daño que se les hizo”. A día de hoy, el narcoterrorista produce más noticias que hace 30 años; más de 40 artistas lo utilizan en canciones… “parece que el algoritmo sale más rentable si lo glorifican”, denuncia.
