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01/03/2026 02:18

Vivir debajo de un puente… en Maspalomas

La cruda realidad supera a la ficción, al encontrarnos un toldo debajo de un puente en la rotonda del Pedrazo, donde hay gente viviendo

Maspalomas, 10 de febrero del año 2026. A eso del mediodía el periodista mira el reloj y transita camino de un almuerzo con unos buenos amigos, con los que compartir mesa y mantel. Va escuchando las noticias del día en un espacio informativo de una cadena radiofónica desde Madrid. A ver si hay suerte y no se le retuerce el hígado.

En balde. Tras la sintonía de entrada empieza la retahíla habitual: La crisis económica que todo lo arrasa sin el menor pudor; los precios de los productos básicos –pan, leche, huevos, pollo…– que se encarecen y suben como la espuma de ayer para hoy y de hoy para mañana, y que le van ganando la carrera, por mucho, a los sueldos y que cada día quedan más distanciados; el criminal y terrorista Txeroki, que ya anda en semilibertad cuando le habían penado con casi cuatrocientos años por terrorismo de la asesina canalla etarra; el alza de los pisos que, válgame, andan por las nubes y no hay forma humana de que los jóvenes puedan compatibilizar trabajo, sueldo y alquiler, que es que ya, según comentan fuentes populares, una habitación en El Tablero se anda por los seiscientos euros y un piso por menos de 1.000 pareciera misión imposible…

Hace un sol luminoso y radiante propio del mes febrero en Maspalomas y que amarillea el día como una acuarela de brillante intensidad lumínica. Un lujo, como bien saben todos los que llegan desde los gélidos frios centroeuropeos o nórdicos.

El periodista baja, precisamente, desde El Tablero, camino de la gasolinera a la altura del Pedrazo y enfilar su ruta. El periodista sigue su camino, dejando a su derecha un desvío que se retuerce en ciento ochenta grados hacia Lomo Los Azules…

De repente se encuentra, a lo lejos, con la pincelada verde de un lejano toldo… Se adentra en el arenoso arcén, se para, mira y otea a lo lejos la mirada y ve cómo un poco de aire hace flambear ligeramente un toldo, debajo del puente de la propia rotonda del Pedrazo, con signos que, desde la diatancia, parecieran de vida. Saca el móvil y capta la fotografía que la portada, que invita, para no engañarnos lo más mínimo, a una reflexión entre el estupor y el dolor por la miseria, por la crudeza, por la severidad de la lucha en ese camino, cada día más áspero, por lo que se aprecia, en el tortuoso sendero por la supervivencia.

A unos escasos kilómetros del toldo verde, a entre dos o tres kilómetros de distancia, avenida de Cristóbal Colón arriba, camino de la orilla con la inmensidad de las aguas atlánticas, se desenvuelve la panorámica turística de las sugerentes y suculentas millas de oro, los hoteles de diamante y esplendor, y ese otro mundo, tan distante y tan exigente…

Podo después al periodista le confirman que no hay un solo puente libre por la zona, por Maspalomas, del mismo modo que le relatan que son muchas las cuevas habitadas y arañadas en las paredes, como son muchos los que despiertan sin saber cómo andarán por los trayectos del día…

El mundo gira y gira… Luego, dicen…

L

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