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La noche en que el sol se quedó

Dos figuras abrazadas contemplan una hoguera de San Juan junto al mar en una ilustración editorial abstracta.

Hay algo extraño en celebrar una noche que nunca termina de hacerse noche.

La primera vez que vi una hoguera de San Juan en Noruega pensé que alguien había olvidado apagar el día. Eran casi las once y, mientras los niños corrían entre las rocas, varias familias apilaban madera frente al mar. El humo de las barbacoas se mezclaba con el olor salado del fiordo; algunas personas colocaban mesas plegables y otras se limitaban a observar el horizonte.

Lo desconcertante era la luz. El sol permanecía suspendido sobre el agua, demasiado bajo para ser tarde y demasiado alto para ser medianoche. Nadie parecía sorprendido. Yo sí.

El fuego en el solsticio

Conocida como Sankthans, esta celebración reúne cada año a miles de noruegos alrededor del fuego para dar la bienvenida al verano. La tradición es antigua, mucho más que las ciudades que hoy iluminan la costa, aunque en aquel momento la historia importaba menos que lo que estaba ocurriendo delante de nosotros.

La hoguera comenzó a crecer y las llamas avanzaron lentamente hacia el cielo inmóvil. Algunas personas se acercaban para conversar, mientras otras permanecían en silencio. Los más jóvenes aguardaban el momento de saltar sobre las brasas cuando el fuego perdiera fuerza.

No había música estridente ni prisas. Solo una comunidad reunida alrededor de algo tan sencillo como mirar arder la madera.

A medianoche seguía habiendo luz suficiente para distinguir las montañas al otro lado del fiordo. El mar parecía una lámina de metal pulido y las llamas proyectaban reflejos anaranjados sobre el agua. El sol continuaba allí, observando.

Entonces comprendí que aquella celebración no se parecía a las que conozco junto al Atlántico. Allí el fuego no luchaba contra la oscuridad, porque la oscuridad apenas había llegado. Parecía cumplir otra función: acompañar, recordar, reunir.

Más tarde, algunos jóvenes comenzaron a saltar sobre las brasas y otros caminaron hasta la orilla. Varias personas seguían sentadas, contemplando el horizonte sin decir nada, como si supieran que ciertas noches no necesitan demasiadas palabras.

Cuando emprendí el regreso ya había pasado la medianoche. Miré una última vez hacia la costa: la hoguera continuaba ardiendo y el sol seguía allí. Por un instante resultó imposible saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Quizá por eso esta celebración ha sobrevivido tanto tiempo. Porque nos recuerda algo que solemos olvidar:

Que toda luz acaba disminuyendo.

Y que precisamente por eso merece ser celebrada mientras permanece con nosotros.

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