Hay pérdidas que no solo dejan un vacío: obligan a aprender un idioma nuevo. En su primera colaboración para M+, Mabel Vaccaneo explora el duelo como un territorio íntimo donde la identidad también busca volver a pronunciarse.
El dolor es como una ola que va y viene. Me acecha y, a la menor distracción, regresa. Lo ignoro, miro para otro lado, le niego el nombre, pero no le importa. Su vaivén no depende de mí y me lo demuestra con carácter.
Respiro profundo para que el aire me proteja, para que sea una muralla ante la presencia oscura del dolor. Aprieto los ojos, finjo ceguera, y entonces ruge. Tapo mis oídos, pero su aliento me moja la cara.
Me escapo… ¿adónde?
Imposible. Va conmigo.
Es como un hueco, un círculo negro que se me pega al cuerpo y me detiene. Me fija a un momento ineludible, a un recuerdo que quiero y no puedo esquivar, porque lo que en realidad deseo es borrarlo, desconocerlo, negarlo. Creer que no existe.
Y vuelve. Me derrota.
Un llanto entrecortado me traba las mandíbulas. Cruje la articulación en ese segundo del ahogo. Todo el aire se fue en el gemido y los pulmones tardan en recargarse.
La confusión y el vacío me rodean. Lo que fue durante años desaparece. Lo conocido, el sostén, se derrumba. Y en ese nuevo plano vacío tengo la obligación de redibujarme.
Me desconozco. Me recuerdo en otros términos que ya no están.
Empiezo a caminar por ese desierto, dolorida y titubeante. Repito mi nombre para imponerme que todavía soy.
Oigo voces. Me alientan. Las ignoro. Luego las busco. Siguen ahí. Me acompañan de alguna manera, pero a distancia. Necesito que no se acerquen.
Mi dolor y yo solos, conociéndonos.
Renovando el lenguaje: ausencia, extrañeza, impotencia… dolor.
Se hace camino al andar.
¿Se hace camino al andar?
¿Será cierto, Nano?
Y bueno. Habrá que probar.
