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Maspalomas con fondo de Cáceres

Una crónica que entrelaza el encuentro con un pintor bohemio junto al mar y la evocación nostálgica de la Ciudad Medieval de Cáceres

     La tarde de domingo suele tener, por lo general, ese encanto del ocio y el relajo, de mirar por la ventana, distraídamente, con la mente a pájaros, como decíamos los chiquillos de Cáceres –mi tierra, con la Ciudad Medieval más hermosa del mundo, y Patrimonio de la Humanidad– y perderse por esos mares, siempre inmensos, de los horizontes…

     Al otro lado del ventanal estampas de ayer o de nunca… Al tiempo, esa dinámica que embarga a uno en el recorrido de los senderos, para dibujar, siquiera sea una acuarela en la que, sin más misterio que la mirada lejana y perdida, van surgiendo una serie sensaciones personales, que se alzan al otro lado del ventanal.  

     La tarde de domingo acaso sea ese escaparate por el que uno trata de evadirse en su intimidad y soledad, con una panorámica cuajada de reflexiones, sabores, misterios, muchas veces de anhelos, sueños o ilusiones que decoran una mirada con la sublime intensidad de las acuarelas que se pintan junto a la mar de Maspalomas.

     Maspalomas se alza con una magia de pinceladas eternas por las aguas azuladas de la mar, por los tintes de un sol, cálido y amarillento, por la dulzura de unos amaneceres, atardeceres y anocheceres mientras se escucha el suave murmullo, el rumor y el vaivén de las olas en un rincón turístico…

Un encuentro bohemio en el paseo del Faro de Maspalomas

     Maspalomas cuenta, como señalan muchos estudiosos, con el mejor clima del mundo. El articulista se sienta cerca del Faro, próximo a un pintor bohemio, trotamundos, rostro cruzado de arrugas, larga melena canosa con incrustaciones de azabache, rasgada y cantosa camisa salpicada por cuadros multicolores, pantalón corto con manchas en su largo uso, chanclas que dan paso a unos pies descuidados, cigarrillo en la comisura de los labios… Con la mirada, sin mayores prisas, en el lienzo…

     El pintor y el paseante junto al Faro de Maspalomas, cruzan, por ese capricho del azar en una tarde otoñal de domingo, su mirada… El pintor comenta:

— ¿Gustar pintura?

     La pregunta obliga al paseante a acercarse para contemplar la obra del pintor. Acaso por esa compasión respondiendo da la comprensión del artista. Nada más observar el lienzo, el paseante levanta el dedo pulgar de la mano derecha con ese gesto universal de aprobación y añade:

— ¡Oh, pintura, bien…!

     El paseante añade, a continuación, de forma rápida:

— ¡Very good…!

     El pintor sonríe agradecidamente crítica del paseante y contesta:

— Thank you. mister…

     Podría señalarse que la cara es el espejo del alma y que le agrada sobremanera la exposición de un observador que gusta más del figurativismo que se le ofrece ante sus ojos que de otras tendencias.

     Después el artista bohemio espabila el gesto, con una sonrisa despierta:

— Yo vender por 40 euros… Mucho tiempo… Yo, pintor inglés… Yo mucho vender Inglaterra, Costa del Sol, Mallorca… Ahoga, Maspalomas…

— ¡Suerte…! –le espeta el paseante regresando a su ubicación anterior…

     El pintor vocea:

— Pronto exposición in Maspalomas…

La luz del atardecer y el puente de nostalgia hacia Cáceres

     El sol, eterno de Maspalomas, va cayendo lenta, suave, cálidamente, adornándose de forma lenta y suave con incrustaciones anaranjadas, malvas, rojizas, grisáceas y un azul más tenue. Lentamente va cambiando el decorado de la escena, a través de unas estampas que paralizan a muchos transeúntes. Todos ellos sorprendidos ante un gigantesco horizonte que se aparece y presenta segmentado por una infinidad de colores que transmite la impresionante belleza de un cambio genuinamente hermoso y radiante, con el que se adorna la playa de Maspalomas…

     ¡Qué lástima que esos observadores no puedan incrustar la magia, hechizo, encanto y sobrecogedora belleza de la Ciudad Medieval de Cáceres, conjuntada entre la muralla, torres, palacios, iglesias, casonas solariegas, conventos, plazoletas…!

   Todo un horizonte de una dimensión de belleza como la que se divisa esta tarde de domingo estival en Maspalomas. Tal cual va intercalando el paseante, con la estampa de su tierra cacereña, arraigada en la memoria, al tiempo que se le escapan unas lágrimas que se deslizan por su rostro con una multitud de imágenes, sensaciones, recuerdos…

     En una tarde de otoñal domingo en Maspalomas.

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