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¡Ay, esos silencios…!

Algunos silencios parecieran tan taimados que, en ocasiones, cuesta trabajo pulsar una tecla o pronunciar una palabra…

El periodismo, como tantos oficios, profesiones, dedicaciones, trabajos, responsabilidades, en ocasiones se hace un poco más adverso de lo debido. Tal vez, sencillamente, porque las cosas son como son y no como todos quisiéramos a la vez.

Lo cual ni es ni resulta malo ni tampoco bueno, ni tan siquiera regular. Todo va y acontece tal cual como acaece. Por lo que hay que tratar, en el día a día, de dejar atrás las circunstancias ajenas y continuar navegando entre las aguas atlánticas informativas. Aunque ya se sabe que, en ocasiones, las aguas bajan mansas; revueltas, en otras; retorcidas, a veces; inexplicables, algunas, por mor del silencio.

No, ya, un silencio procedente de un convento de monjes cartujos o trapenses, que a eso se alejan las vocaciones monásticas del retiro espiritual; sino, acaso, esos silencios que conforman determinadas actitudes. Hemos dicho bien, actitudes. Nadie habla de aptitudes. Lo que es y resulta, como comprenderá el agudo lector, bastante diferente. Que de eso sabrá cada uno en su percepción personal.

La voluntad de la actitud es, o al menos lo parece, una manifestación de la forma de ser. Lo que va en la identidad personal. Que ya se sabe que el periodismo es, como uno aprendió en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, una asignatura harto compleja por los páramos y andaduras del camino.

Pero de menos los hizo Dios…

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